Las cadenas agroalimentarias y la dicotomía campo-industria

Escribe Rubén Ciani.

En el documento elaborado por el ISEPCi bajo el título El debate sobre los caminos para el desarrollo. Los agroalimentos (en adelante “El debate”), se propone analizar las cadenas agroalimentarias y el sector agropecuario desde una visión ideológica progresista, que se plantea como esencial y sustituta de la dominante implantada por el neoliberalismo, basada exclusivamente en el “productivismo”.

La calificación de esencial deviene de la propia conformación geopolítica del país, de sus recursos económicos, con alta participación de amplias praderas de producción agropecuaria, y de las ventajas comparativas derivadas. Argentina ocupa a nivel mundial el cuarto lugar en cuanto a la relación área cultivable/población por país, según datos del Banco Mundial, con 0.96 hectáreas por habitantes en el año 2012, comparado a un promedio global (computando 213 países) de 0.20 hectáreas por habitantes.

Pero la relevancia del análisis sectorial no se acota solamente a la importancia relativa que tiene en la dotación de factores del país (“el granero del mundo”), sino que debe extenderse a otras condiciones objetivas, en algunos casos derivados de la globalización como grado de desarrollo del capitalismo.

Atento a la evolución del mercado de alimentos en la globalización, la definición del mapa productivo de la agricultura debe suplantar la visión acotada que incluye sólo al sector productor primario, por una nueva que extiende el concepto a las cadenas o redes agroalimentarias.

En Argentina, la definición de cadenas agroalimentarias suele asociarse únicamente al falso efecto “derrame” del proceso de sojización. Sin embargo, el replanteamiento de la dicotomía campo-industria a que dicha definición conlleva, no es falso. Por el contrario, se sustenta en una nueva estructura del mercado de alimentos, caracterizada por mayor amplitud y diversificación. La discusión puede ser el limite de la amplitud de la cadena o red, no su existencia.

En este contexto, a continuación se exponen diferentes conceptos que se deberían incorporar a visiones de economía crítica en las que confluyen el progresismo y la izquierda.

Las cadenas agroalimentarias y la diversidad productiva (¿Hay vida después de la soja?)

El ISEPCi, con datos de la CEPAL para el año 2007, identificó una estructura de 24 cadenas agroalimentarias para Argentina y las estructuró, definiendo una conformación restringida de cadenas, con tres eslabones que comprendían desde el producto básico hasta el alimento elaborado.

La amplia cantidad de cadenas agroalimentarias identificadas, resulta de la combinación de recursos naturales y clima que permite la coexistencia de un multifacético conjunto de producciones primarias, que además pueden desarrollarse en magnitudes relevantes.

Sin embargo, el análisis realizado sobre ese conjunto de cadenas muestra: a) Una sola, la correspondiente a soja, abarca un tercio del Valor Bruto de la Producción agregado y la mitad de las exportaciones; b) Los precios implícitos promedios de las exportaciones agroalimentarias –base datos FAO 2011- de Argentina alcanzan a solo el 63% de los calculados para Brasil y al 52% para Uruguay, comparación que incluye a países con similares condiciones agroecológicas y en consecuencia con producciones homogéneas.

Estos datos de diversidad-concentrada y exportación de productos de bajo precio que muestran las cadenas agroalimentarias en Argentina, perfilan en oposición un alto potencial para un escenario diversidad-equilibrada, que debe ser objetivo de una política de desarrollo económico.

Asimismo, esto se sostiene al analizar la evolución de los sectores industriales entre 1995/1997 y 2010/2012 (base datos Centro de Estudios de la Producción del Ministerio de Industria). En primer lugar se detecta un fuerte dinamismo en la industria de alimentos, ya que en el conjunto de los 19 sectores industriales dinámicos se incluyen cinco que son eslabones de las cadenas agroindustriales. Pero paralelamente se observa que la Industria Alimentaria presenta en el trienio 2010-2012 un saldo comercial externo positivo, de 23.900 millones de dólares, el que por su magnitud sostiene el excedente para todo el sector industrial en conjunto, ya que para el resto el resultado es negativo en 12.936 millones de dólares.

Este signo positivo en el balance comercial es relevante para la economía argentina, la que se caracterizó durante la segunda parte del siglo XX por presentar la sucesión de períodos de recesión-devaluación-crecimiento, acompañados por crisis de divisas.

El aporte del sector agropecuario se maximizaría en un contexto de diversidad-equilibrada, en el cual desarrolle su amplia potencialidad productiva e incremente su participación en el comercio mundial agroalimentario, superando el exiguo 2.8% medido para el trienio 2009/2011.

La demanda de empleo en las cadenas agroalimentarias

En “El debate”, se presentaron diferenciales de demanda de empleo entre los eslabones de las cadenas restringidas identificadas por el ISEPCi, en base a los Requerimientos Totales de Empleo (RTE) elaborados en “Matriz de Insumo Producto del Sector Agropecuario y Agroalimentario en Argentina” de UNSAM/PROSAP para el año 2008.

Estos indicadores, estructurados en forma matricial, miden el impacto que tiene sobre el empleo un aumento de 1000 pesos (año 2008) en la producción de un sector, ponderando los requerimientos directos de una actividad y los indirectos que participan desde otras actividades.

A partir del análisis los RTE y sus diferenciales por eslabón de cada cadena, se obtuvieron las siguientes conclusiones: a) La demanda de empleo de los complejos oleaginosos, incluida la etapa de su industrialización, es relativamente baja con respecto al resto; b) En los cultivos industriales, la demanda de empleo se concentra en el producto básico de la cadena (ej. algodón, caña de azúcar, vid); c) Hay un grupo de actividades pertenecientes a los eslabones superiores de las cadenas –con mayor valor agregado- que están dentro de los sectores más dinámicos del mercado global de alimentos, y por lo tanto tienen posibilidades que su producción y sus exportaciones crezcan.

Con respecto al aumento en la demanda de empleo a medida que avanzamos en las cadenas se observan relaciones de 2.5 en maíz/aviar; 1.9 en trigo/productos de panadería; 1.5/1.7 en maíz/productos cárnicos.

También se construyeron diferenciales entre cadenas, con el objeto medir el efecto de una mayor diversidad productiva. Al relacionar los RTE con la producción aceitera (eslabón superior de la cadena restringida de soja), los diferenciales ascienden a 2.88 en productos de granja (aviar), 2.32 en productos de panadería y 2.06 en productos cárnicos.

Estos indicadores nos muestran que las cadenas agroalimentarias presentan diferenciales positivos en demanda de empleo cuando avanzamos en sus eslabones, pero también en la medida que maximizamos su diversificación. Esta evaluación positiva, asume mayor relevancia frente a los límites que presenta el sector industrial argentino para generar empleo en el contexto de la globalización.

En el documento elaborado por el ISEPCi en el año 2014, denominado “Esta cambiando la matriz productiva Argentina”, en el cual se realiza un análisis de la evolución de la estructura industrial del país entre 1995/1997 y 2010/2012, en base a datos de Ministerio de Industria, se evalúa también la demanda de mano de obra. Como resultado, se observa que el incremento del 65% registrado en dicho lapso en el VBP industrial, respondió a un aumento del 66% en la productividad, mientras el empleo permaneció constante.

Los productores agropecuarios (Una visión ampliada de la creación de empleo)

En Argentina, la discusión agropecuaria suele orientarse hacia la producción y los productores de la región “pampeana”, en la cual se afianzó durante la última década un proceso caracterizado por la agriculturización productiva y dominada por el cultivo de soja (sojización).

Sin embargo, si deseamos realizar un análisis completo sobre la diversidad de cadenas agroalimentarias, debemos incorporar las producciones de origen regional o “extra-pampeanas” y aquellas obtenidas en las periferias urbanas de las grandes ciudades del país. En ambos casos interviene un amplio segmento de agricultores familiares de pequeña escala, que participan en producciones diversas y aportan mano obra, presencia en las zonas rurales, capital artesanal y tradiciones culturales.

La información disponible sobre los aspectos productivos de la agricultura familiar en Argentina, surgen del Registro Nacional de Agricultura Familiar (RENAF). Este registro marca para el año 2014 la existencia de 87.621 de lo que denomina Núcleos de Agricultura Familiar (NAF), con producciones de alimentos de alto valor agregado, como dulces, jaleas, conservas, bebidas, quesos, etc; las que pueden comercializarse en el mercado interno y también buscar mercados externos de alto valor.

La visión ideológica que sustenta el productivismo del agronegocio, no atiende a estos segmentos productivos en un ámbito económico y los deriva hacia una instancia de asistencialismo. Por otra parte, ciertos sectores progresistas y populares no alcanzan a evaluarlos como sujetos económicos con amplio potencial productivo y comercial, culminando en el mismo puerto de asistencialismo que el neoliberalismo.

También deben ser sujetos de esta visión totalizadora del sector agropecuario, los pequeños productores y las PYMES agropecuarios y agroindustriales de la región pampeana, en donde se incluir también a los pequeños arrendadores incorporados por el nuevo modelo productivo. Estos sectores, si bien no podemos caracterizarlos como agricultores familiares, son en los hechos estructuras empresariales familiares que, en el marco de un modelo de concentración, deben ser sujeto de los objetivos de equidad distributiva.

Abordar las producciones regionales y las provenientes de la agricultura familiar y los pequeños productores en una perspectiva de desarrollo y crecimiento de la economía del país, implica avanzar en la búsqueda de vínculos entre la creación de empleo y el desarrollo integral del territorio nacional.

La agriculturización en Argentina (¿Que culpa tiene la soja?)

 La región “pampeana” es el epicentro de la sojización como modelo productivo, con extensiones hacia otras regiones. En este proceso sojizador conviven un fuerte desarrollo tecnológico, que impulsa un sensible incremento de la productividad, con la concentración de la propiedad de la tierra, el despoblamiento rural y la afectación del medio ambiente.

En Argentina esta modelo de producción, que desde la óptica liberal es el paradigma del agronegocio, es en la actualidad uno de los principales polos de creación de riqueza del país.

El mismo desarrollo tecnológico y modelo productivo, es aceptado por la mayoría de los procesos políticos de latinoamericana, en los cuales se aplican políticas “heterodoxas” y se plantea una visión regional independiente, como uno de los elementos más dinámicos de su progreso económico. La explicación de esta contradicción es que coexisten con los intereses de las grandes empresas transnacionales, referentes de la dependencia globalizadora, crecientes mercados de alta demanda de piensos en China y otros países asiáticos; de aceites vegetales en India; y de biodiesel en Europa.

En este contexto, mientras la producción mundial de soja se duplica durante el siglo XXI, la correspondiente a la zona sudamericana se triplica. La cosecha conjunta de los tres principales productores de Sudamérica (Brasil, Argentina y Paraguay) representará entre el 50% y 51% del total mundial en 2015/16, comparado al 36% en el ciclo 2001/02. Por el lado del comercio, el dato más relevante lo constituye el aumento de las importaciones chinas de grano de soja, las que pasaron de 10 a 80 millones de toneladas en el mismo período, y un sostenido incremento del precio de los productos agropecuarios en general, que generó en el nuevo siglo la reversión de los “términos de intercambio”.

En el plano local, el cultivo de soja explica el 90% del crecimiento de la superficie sembrada desde el año 2000. Esta expansión desplazó la ganadería hacia zonas extrapampeanas, afecto a cultivos regionales y a bosques nativos.

Sin embargo, en paralelo con ese proceso se desarrollaron producciones de alimentos balanceados, de silo bolsa, de maquinarias e implementos agrícolas, etc.; así como investigación y desarrollo en semilla, razas vacunas, etc.

La producción de maquinarias agrícola, los cluster industriales que la misma genero en varias ciudades de la región “pampeana” y su potencialidad como exportadora de bienes de capital, constituyen un ejemplo para la revisión de dicotomía campo-industria. Seguramente, en la expansión de este sector inciden políticas de promoción para la industria. Pero también deberíamos tomar en cuenta la existencia de un contexto productivo que propicia dicha expansión. Dejando de lado el análisis de las externalidades negativas de la agriculturización y el cambio productivo que genero; es altamente probable que esta explique en buena parte los diferentes signos que tuvieron en su evolución durante las últimas décadas la industria de maquinaria agrícola y la industria frigorífica.

Ciertamente deben existir límites a la sojización, ya que su evolución en Argentina responde a la falta de condicionantes vinculados con el medioambiente, la seguridad alimentaria y la diversidad productiva; condiciones, que es bueno destacarlo, se incluyen en los principales programas agrícolas del mundo.

La política agrícola, como instrumento de la política económica, debería asegurar desde la rotación de cultivos hasta el abastecimiento interno de alimentos; pasando por las condiciones de tenencia de la tierra, uso propio de la semilla, rentabilidad de los productores, inocuidad en la aplicación de agroquímicos, calidad en los productos alimentarios, apertura de mercados externos, valorización de las exportaciones, etc.

La contradicción no tiene que ver con un producto agropecuario en particular, sino que es entre productivismo y ruralidad. La elección de acercarnos a esta última opción no debe asociarse con un retroceso en el proceso tecnológico, sino a una adecuación del mismo dentro de un modelo endógeno que ubique el bienestar del pueblo argentino en el centro de la escena y que asuma que el “derrame” no existe.

En un plano más amplio, tampoco es válida la alternativa “tigres o canguros”. Existe un escenario de integración de las “cadenas agroalimentarias”, con fuertes vínculos con la territorialidad, y lo que podemos denominar “la gran industria”, con alta demanda de empleo y desarrollo tecnológico.

Rubén Ciani es economista e investigador del ISEPCi-Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana.