Industria pero ¿por qué, cómo y de qué forma?

Escribe Juan M. Graña. 

Mientras la posición liberal más tradicional señala históricamente que el crecimiento económico del país se encuentra en algún lugar de la pampa húmeda esperando a ser cosechado, el progresismo esgrime que la salida al laberinto es la industrialización. Ese debate se prolonga ya desde tiempos inmemoriables. Ahora bien, el mismo no se presenta hoy sin modificaciones. Nuevas formas de aquel nos enfrentan hoy, bajo las etiquetas de “tigres” o “canguros”.

Pero, lamentablemente, el debate actual repite viejas problemáticas. Por un lado, no parte del reconocimiento de las especificidades de nuestro país –ni que hablar de aquellos otros países que se toman de ejemplos-. Por el otro, no logra incorporar cómo la dinámica del capitalismo tomó nueva forma desde la década del noventa; cerrando posibilidades para algunas cosas y abriendo –algo menos claro- otras.

Partamos del principio, ¿industria o agro o agroindustria para qué? Asumamos que las posiciones del debate son honestas y digamos “para lograr el desarrollo económico”, es decir que se conformen como estrategias para mejorar las condiciones de vida de la población. En ese marco, la población no existe en abstracto sino que es el conjunto de trabajadores y sus familias que de alguna manera deben encontrar empleo en ese proceso de generación de riqueza. Aquí ya encontramos una primera respuesta, para ser catalogada de “estrategia de desarrollo” debemos poder sostener el argumento de que aquello a promocionar está en condiciones de generar la cantidad de empleos necesarios directa o indirectamente. Aquí, más allá de algunos experimentos númericos un poco audaces[1], difícilmente el agro sea la respuesta. De allí que, de manera más actual, se señala que si se industrializa esa producción quizá se puede lograr este objetivo, sin embargo, sólo algunos eslabones particulares tienen esa potencialidad y no toda –ni la mayoría de- la “agroindustria”.

Pero esto no termina aquí, no sólo es empleo lo que debemos conseguir generar sino que éste sea en condiciones aceptables y con ingresos elevados de manera que puedan disfrutar de un nivel de vida aceptable. En este punto se entrecruzan varios factores. En primer lugar, en los eslabones agropecuarios que más empleo generan comúnmente demandan una fuerza de trabajo de baja calificación, que abona muy bajos salarios y que, además, sólo los genera a condición de ser así; el momento en que los salarios se elevan los trabajadores son sustituidos por maquinaria, la facilidad de tal sustitución se debe justamente a ser trabajos sencillos. Por la misma razón, son empleos de difícil fiscalización laboral y de más difícil organización. Por lo cual es complicado suponer que allí encontraremos una vía para la creación de empleos en condiciones aceptables. Entonces de todos los eslabones de la agroindustria ya habíamos eliminado la amplia mayoría por generar poco empleo, y ahora a otros tantos por hacerlo a condición de que sean empleos de mala calidad. Sólo nos quedaría un puñado de aquellos en los segmentos eminentemente industriales de tales cadenas. Ahora bien, ¿no será justamente el carácter industrial de esos eslabones lo que le otorga esas condiciones “especiales”?

Dejemos tranquilos a los “canguros” por un rato, y vayamos a los “tigres” que serían aquellos que sostienen que la salida es industria y punto.

Ahora bien, ¿hasta qué punto ese proceso generó ambas cosas –empleo y condiciones dignas-? Uno podría decir que la condición de inicio de ese proceso no fue justamente el paraíso de los trabajadores, pero otros dirían que finalmente alcanzaron esa situación; sería una cuestión de “bancar el proyecto”. Pero ya en este punto estamos torciendo la historia, porque sólo en algunos lugares del proyecto tigre se llegó a ese punto, otros tantos no llegaron ni siquiera parecen estar encaminados. Más allá de eso uno podría preguntarse si ese “modelo” es replicable; es decir, si Corea en los sesenta tenía un ingreso medio similar a Guatemala de ese entonces, ¿por qué no hundir los salarios aquí –una devaluación brutal siempre está disponible- como para poner en marcha ese proceso? Lo que aquí está en problemas es la simplificación del argumento, quizás lo relevante de tales experiencias es analizar qué características económicas tuvo el proceso donde terminó “bien”.

Claramente no estamos satisfechos con ninguna de ambas propuestas. Pero para plantear otros ejes, debemos partir del reconocimiento de la complejidad de la cuestión. A simple vista no todos los países son “desarrollados” aunque lo intentan constantemente, difícil debe ser. Quizá inclusive podríamos pensar que la existencia de países de un tipo requiere necesariamente la existencia de otros de otro tipo, pero eso es tela de otro debate histórico.

Volvamos a las “propiedades especiales” que comúnmente se le endilgan al sector industrial para encontrar allí algunas respuestas. Al estar escindido de las condiciones naturales presenta ciertos “beneficios” frente al sector agropecuario. Por ello aquél es más estable que éste tanto por la variabilidad del rendimiento como en sus precios, constantemente alterados por factores climáticos a ambos lados de los océanos y del Ecuador. Genera dudas como algunos de los “canguristas”, tan afectos a la estabilidad macroeconómica, impulsen una salida agropecuaria cuando es claro que gran parte de la volatilidad de nuestras economías surge justamente de esos sectores.

Vinculado a ello, dada la replicabilidad de las condiciones de producción no hay más límite a la producción industrial que la demanda solvente que enfrente, no siendo lo mismo para el sector agropecuario. De allí que, aún si generara menos empleo por unidad de producción –cosa que no ocurre- la posibilidad de aumentarla casi indefinidamente resolvería la problemática de los puestos de trabajo. Esa replicabilidad, a su vez y si se dan las condiciones logísticas, permite la localización industrial en prácticamente cualquier lugar lo que permitiría la desconcentración de la población nacional e integrar a la generación de riqueza a las diferentes regiones del país.

La concentración espacial de los trabajadores de la producción industrial permite que el conjunto de derechos laborales sean fiscalizados más fácilmente o sean defendidos por los trabajadores organizados.

La continuidad del proceso de producción industrial vis a vis la sucesión de etapas agropecuarias separadas en el tiempo, posibilita la elevación de la productividad a través de la práctica en el puesto, entre otras cosas; algo ya señalado por Smith.

Llegado a este punto, el por qué de la industria estaría claro, la pregunta es cómo. Y aquí, y sólo aquí, entra en la discusión el sector agropecuario y su industrialización directa. En un proceso de desarrollo, cualquiera fuera su forma, lo que se intenta hacer es partir de una economía con rezagos de todo tipo –productivos, tecnológicos, educativos, etc.- y comenzar a cerrar la brecha hasta eliminarla. Ello requiere un proceso de transformación estructural y particularmente una masa de recursos incalculable que está fuera de la posibilidad del propio país “subdesarrollado”, si no la cosa sería sencilla. Más allá de esta identificación conceptual nuestra experiencia histórica, la de Latinoamérica e inclusive la de los Tigres, muestra que además de los recursos en general, se necesita de divisas para adquirir afuera lo que no tenemos –maquinaria, insumos, tecnologías, patentes, etc.-.

Así, el “cómo” –a este nivel de abstracción- se reduce a qué fuente de financiamiento o compensación del rezago tenemos disponible. Para los Tigres fue una fuerza de trabajo sumamente barata y disciplinada, pero las divisas provinieron de préstamos preferenciales dado su papel geopolítico sin los cuales hubieran enfrentado los “stop & go” clásicos de nuestra región. ¿Cómo repetir estas experiencias? Imposible para la parte de las divisas, indeseable para la porción de la fuerza de trabajo. En nuestra región el poseer una productividad laboral muy elevada en el agro por las condiciones naturales permite apropiar una renta de la tierra capaz de redirigirse para desarrollar lo que necesitamos. Ésta resuelve ambos conflictos en uno, recursos y divisas. Pero la disputa política por apropiarla hace de la solución algo un poco más complejo.

Pero, aún teniendo el cómo, la cuestión es qué rasgos debe tener la industria que intentemos generar. Al momento de analizar cualquier cadena, sea agroindustrial o puramente industrial, algo salta a la vista: la localización de las ganancias, las mejores condiciones laborales, así como el desarrollo tecnológico, siempre van de la mano de los capitales más concentrados en ellas. En este marco, se nos presenta una pregunta muy simple, ¿dónde se ubican los capitales más concentrados en estas cadenas? ¿Es en los eslabones agropecuarios o en los eminentemente industriales? A modo de ejemplo, si la agroindustria es la salida, quién apropia la mayor parte de la renta agropecuaria, ¿el productor o Monsanto/John Deere como proveedores y Kraft/Nestlé como clientes? La respuesta es evidente. Es más, sólo las empresas que logran competir normalmente tienen la posibilidad de generar empleos de calidad, aunque comúnmente se aprovechen de legislaciones laborales permisivas o malas coyunturas. Así es que, inclusive si a veces logramos resolver el cómo financiarlo del párrafo anterior, malgastamos esos recursos al no reconocer la forma básica que tiene la competencia en el capitalismo: el capital es más potente mientras más grande sea. Quizá, si nos preocupan algunas problemáticas vinculadas al tamaño de las empresas deberíamos concebirlas como estatales.

En este sentido, consideramos que la industria es la clave -nuevamente por sus “propiedades especiales”- nuestra capacidad de encarar tal proceso efectivamente está en el agro -por su capacidad de financiar este proceso- y el objetivo debe ser conformar empresas a escala mundial. Faltaría entonces indagar a su interior ya que, obviamente, algunos eslabones que tendrán más de ésas “propiedades” que otros; enfrentaran más competencia de países con bajos salarios o menos, estarán actualmente más cerca de los estándares internacionales, entre otras tantas diferencias. Esa indagación profunda servirá para continuar el camino que debemos “elegir”.

Nota:

[1] Llach, J., Harriague, M., & O’Connor, E. (2004). La generación de empleo en las cadenas agroindustriales. Fundación Producir Conservando, Buenos Aires.

Juan Graña es investigador del CONICET/CEPED.