América Latina: Salir de la pereza intelectual para superar el estancamiento

Escribe Isaac Rudnik.

En los últimos años, la producción teórica de  algunos intelectuales gira alrededor de una perezosa reiteración de argumentos acríticos respecto al accionar de los procesos progresistas, recargando el acento en la renovada ofensiva neoliberal -que siempre estuvo presente, aún en los momentos que estos gobiernos obtuvieron sus mejores resultados-, lo que no ayuda a buscar la salida a la parálisis actual, ni a encontrar explicaciones adecuadas a la acelerada reinstalación como alternativas de poder de las derechas  en Argentina, Venezuela y el propio Brasil.

A principios del presente siglo, el final del ciclo neoliberal en la región vino de la mano dos fenómenos convergentes. El primero fue la explosión de ese modelo como consecuencia de la exacerbación de las contradicciones que se fueron agudizando en su desarrollo. Tanto las que emergieron al interior de los bloques dominantes de cada país, como las que profundizaron confrontaciones de éstos, con las mayorías populares que resistían el cercenamiento de sus derechos.

La influencia externa a principio de siglo

Este proceso arrastró al quiebre de la legitimidad y el consenso de las representaciones que administraron la larga etapa neoliberal, y los cambios políticos se tornaron indetenibles. En algunos casos llegaron como resultado de desarrollos de varias décadas, en los que la lucha electoral fue cristalizando la acumulación política, como Brasil o Uruguay. En otros se manifestaron como implosión de los modelos políticos-económicos vigentes, empujados por fuertes movilizaciones populares que desembocaron en momentos electorales, en los que los partidos tradicionales perdieron la hegemonía como Venezuela, Ecuador, Bolivia y en alguna medida la Argentina y Paraguay.

Un segundo fenómeno facilitó que los nuevos gobiernos pudieran darle sustentabilidad a los modelos post neoliberales. Fue el mapa global que empezó a desplegarse desde principios del milenio, con crecimiento sin pausas de la demanda asiática. Principalmente para los productos que mayoritariamente exportábamos –y exportamos en igual proporción- desde nuestras economías con estructuras primarizadas. Se generó una demanda agregada que elevó sus precios a partir del 2005/2006, y mantuvo aumentos progresivos en los años siguientes. Los ingresos por exportaciones se multiplicaron exponencialmente, dentro de esquemas que en general evitaron la sobrevaluación cambiaria, lo que permitió un mayor efecto de la renta obtenida. Se inició así un ciclo de crecimiento ligado a la expansión asiática, y en cierta medida autonomizado de las sucesivas crisis de EEUU y Europa.

Esto trajo algunos debates al interior de los movimientos populares (políticos y sociales) antes y después del arribo de estos gobiernos. Uno, estaba referido a como se iban a distribuir los recursos en crecimiento, y el otro íntimamente ligado al primero, es qué perfil de países queríamos construir. Un tercer dilema que nos cruzaba, se refería a la distribución de los espacios de poder entre los distintos componentes de las alianzas políticas y sectoriales que conformaban los gobiernos.

Y aquí aparecen las consecuencias de la dinámica del sector externo, responsable de la multiplicación de los recursos que fortalecen los gobiernos postneoliberales. Estos provienen de la exportación de los productos primarios tradicionales, cuyos propietarios en principio siguen siendo los mismos actores de la etapa neoliberal, de lo que se desprende un núcleo de problemas que se van a ir encaminando de distinta manera en cada país. En Venezuela la expresión más clara de esto fue el enfrentamiento por la conducción de PDVSA, que derivó en el paro petrolero del año 2002. En Argentina se manifestó en los conflictos que fue generando la suba progresiva de los impuestos a la exportación, desde el 2002 en adelante, que hizo eclosión en el 2008. En Bolivia se exteriorizó en la lucha en 2005/2006, por la nacionalización de los recursos naturales, y por el cambio sustancial en el reparto de los ingresos provenientes de las exportaciones de gas, entre el estado y las multinacionales. En Brasil, entre otras cosas, en la tensión entre los agrobusiness y el desarrollo de las pequeñas y medianas producciones y la agricultura familiar, etc. En líneas generales la creciente demanda externa de productos primarios dotó de recursos y fortaleció a los gobiernos progresistas, a la vez que consolidó los modelos post neoliberales, cuyos representantes fueron ganando las sucesivas compulsas electorales. En algunos de nuestros países los recursos naturales cambiaron de manos, por lo menos de forma parcial (Venezuela, Bolivia). En otros, esencialmente fueron retenidos por los sectores tradicionales, -con una mayor presencia e influencia de las transnacionales- aunque se le impusieron tributaciones que implican compartir una parte de la renta obtenida, como en Argentina. Además aquí, después de un proceso de vaciamiento de los recursos petroleros, que se profundizó durante los dos primeros ciclos de gobiernos kirchneristas, en 2012 también se produjo la nacionalización parcial de YPF.

Los rasgos comunes

Con sus matices podríamos afirmar que el hilo conductor que conecta en una característica común a todos estos procesos, es la emergencia de estados que se relacionan de una manera diferente a la etapa neoliberal con los sectores del poder económico. Se desarrolla un juego de presiones y contrapresiones en la que los estados buscan participar en la apropiación de los enormes beneficios de la etapa, y lo logran en diferentes proporciones. En líneas generales el mandato de la demanda externa de productos primarios, promueve el desarrollo de estos sectores, que concentran fuertes inversiones atrayendo capitales extranjeros y nativos, provocando incrementos en los volúmenes producidos y exportados; como también saltos en los niveles de productividad, colocándose muchos de ellos en la primera línea del desarrollo tecnológico internacional. Aun en países como Brasil y Argentina, en los que los sectores tradicionales del poder económico se fortalecieron y crecieron asociados a las transnacionales que controlan esas ramas productivas a nivel global, los recursos nacionales aumentaron y los estados elevaron sus ingresos, lo que significó un paso positivo. La siguiente pregunta es el destino de esos crecientes recursos en manos del estado.

En primer lugar fueron destinados a cubrir las privaciones de los millones de compatriotas con necesidades básicas insatisfechas. Cientos de millones de dólares son canalizados mensualmente a diferentes planes de transferencias de rentas hacia los sectores más vulnerables rescatándolos del hambre y la pobreza extrema. En este sentido la sensibilidad de estos gobiernos progresistas en su relación con las mayorías populares, marca una diferencia fundamental respecto a los que les precedieron.

En segundo lugar, los intentos para direccionar una parte de ellos a promover cambios en la estructura productiva heredada de la etapa neoliberal, no pasaron del escalón proyectos. Por distintas razones, la batalla al interior de cada rama productiva, entre los que producen a escala global y los pequeños y medianos productores, fue excluyendo de las franjas más dinámicas, incluso de los propios mercados internos, a los que entre estos últimos habían sobrevivido al cataclismo de los noventa. Lo que derivó en la consolidación de las multinacionales entre estas franjas productivas.

Tampoco se empezaron a desarrollar nuevos sectores con posibilidades de terciar en las cadenas globales, lo que influyó fuertemente para que nuestras economías sigan creciendo encorsetadas en una estructura, en la que las posibilidades de agregar valores productivos nacionales y promover el crecimiento de puestos de trabajo de calidad, es muy limitada. En este campo en el que se libra la batalla estratégica del destino de nuestras sociedades, la confrontación es más dura, donde los gobiernos progresistas de la región, hijos del presente siglo, no pueden exhibir mayores éxitos.

La demanda del mercado externo nos empuja a extender nuestras producciones primarias. La asociación con los mercados asiáticos no crea por sí misma un círculo virtuoso. Más que eso, en términos de clases y sectores de clase, en algunos de nuestros países, la coincidencia natural de intereses que se corresponde con esas demandas, es con los propietarios tradicionales de dichos recursos, que en estos años han profundizado la transnacionalización del reparto de los beneficios. En el caso de la rama de alimentos, en la que hay productores de diferente envergadura aunque mayoritariamente nativos, la presencia dominante de los actores globales se produce vía asociación directa con ellos, pero principalmente a través del control que ejercen sobre las cadenas globales de comercialización y de provisión de insumos, como las semillas, los herbicidas, etc. Por otro lado, más allá de algunos avances parciales, esto contribuye a que persista la dificultad histórica, para desacoplar los precios internacionales de los alimentos que producimos y exportamos, de los que se imponen en los mercados nacionales, afectando el consumo de los trabajadores que tienen que pagar alimentos a precios caros, al punto que a veces se tornan inaccesibles para amplios sectores de la población. Con otros productos como el petróleo, el gas o el cobre, de los que los estados son propietarios en diferentes proporciones, la relación con las multinacionales puede tener otro carácter en cuanto a los mecanismos para la apropiación y el reparto de sus beneficios.

Economías reprimarizadas y consumo interno

Sin embargo el problema de fondo está presente con la misma fuerza en ambos escenarios: estas economías primarizadas no pueden superar la dependencia de una demanda externa sujeta a fuertes vaivenes. Tampoco han logrado abrir caminos sustentables para avanzar en el desarrollo de los eslabones superiores de las cadenas productivas (ya sea desde la industrialización de los recursos naturales y/o desde la sustitución tradicional de importaciones) condición indispensable para romper con los límites de la reducida generación de trabajo productivo que crea este modelo.

Los aumentos en los volúmenes de producción y de las exportaciones de productos primarios desde principios de siglo a la fecha, fundamentalmente se sustentan en incrementos en la productividad, que no han multiplicado en proporciones similares la creación de nuevos puestos de trabajo ni en las ramas productivas más dinámicas. A su vez estas últimas ligadas a las exportaciones, que se mueven dentro de estándares globales de calidad, constituyen verdaderos enclaves que no “derraman” ni transfieren tecnologías al interior de nuestros países. El resto de las ramas de los aparatos productivos nacionales –“resto” que constituyen sus partes mayoritarias- languidecen en vida vegetativa o transitan años de lenta agonía, generando una demanda de trabajo extendida pero de baja o muy baja calidad, con salarios que en muchos casos no alcanzan a cubrir las necesidades básicas de los trabajadores. La recuperación generalizada del poder adquisitivo de los salarios, no puede analizarse aisladamente de la continuidad, y en algunos casos profundización, de una heterogeneidad estructural que consolidó una fuerte segmentación de la demanda de trabajo y por lo tanto del conjunto de nuestras sociedades.

La dinámica de la actividad económica en los países de la región durante estos años fue mayoritariamente traccionada por el incremento del consumo interno, asentado en un impulso sustantivo del gasto público. Por otro lado, la apropiación de ingresos de los sectores financieros continuó siendo muy importante, principalmente a través de los créditos al consumo, y en menor medida que en la etapa de “valorización financiera” en la continuidad de cobros de enormes sumas por las deudas públicas contraídas tanto en la etapa neoliberal, como durante el presente ciclo.

Las dificultades para ampliar los aparatos productivos y multiplicar la demanda de trabajo, llevó a que las transferencias directas de rentas desde los recursos fiscales hacia los sectores vulnerables -que continúan abarcando a enormes porciones de nuestras sociedades- dejen de ser transitorias para tornarse permanentes. El carácter definitivo que adquirió una batería de medidas, originalmente temporales, implementadas para superar los momentos más complicados de la emergencia, convirtieron a los estados en administradores de una transición sin escenarios de salida. El ímpetu inicial para impulsar proyectos de cambio de las estructuras productivas, se diluyó a medida que los obstáculos mostraron sus fortalezas respaldadas por el predominio global del neoliberalismo.

La administración de lo posible y la pereza intelectual

Los procesos de transformación de los estados nacionales, conformados durante décadas de predominio neoliberal, quedaron estancados en la administración de lo logrado en los primeros tiempos, lo cual se agudizó aún más con la retracción de los precios internacionales de nuestros productos en el último año. Las alocuciones de sus dirigentes se concentraron en la defensa de la continuidad de los gobiernos progresistas ante los sucesivos embates de las derechas que se han ido recomponiendo. Naturalizaron un discurso que remite de manera casi excluyente a las comparaciones con los desastres de la década del 90 del siglo pasado, y del que están ausentes menciones concretas a nuevos objetivos a alcanzar en los próximos años. Cuando se trata de esto último, recurren a planteos genéricos, o trazan grandes metas que no están acompañadas por la explicación sobre cómo obtener los recursos necesarios para alcanzarlas. En definitiva predomina el relato comparativo con el período neoliberal, lo que significa justificar una suerte de “que esto es lo único posible”, y concluye por redondear el actual estancamiento económico y político. Estancamiento que se traslada a la producción teórica de sus principales intelectuales, que en los últimos años giran en una perezosa reiteración de argumentos acríticos respecto al accionar de los gobiernos progresistas, recargando el acento en la renovada ofensiva neoliberal –que siempre estuvo presente, aun en los momentos que obtuvieron los mejores resultados- lo que no ayuda a buscar la salida a la parálisis actual, ni a encontrar explicaciones adecuadas a la acelerada reinstalación como alterativas de poder de las derechas en Argentina, Venezuela y el propio Brasil.

“Ahora se avecina un riesgo, un peligro, cuando uno ve el panorama del continente, no es el mejor momento, este ciclo, esta década de gobiernos progresistas no pasa por el mejor momento, hay problemas en Brasil, en Chile, en Ecuador, en Venezuela, algo así como el tiempo de oro, este ascenso de los gobiernos progresistas hubiera llegado a un límite. Hay todo tipo de debate, se resume en el supuesto fin del ciclo progresista o revolucionario, la cosa es como asumimos esto. Primero comprender que este es un momento de inflexión en que se está redefiniendo el futuro, no es el momento del gran ascenso, es un momento de reflujo. Cuan profundo será el reflujo, cuan temporal será el reflujo, no hay una fórmula, no hay una hoja de ruta. Qué va pasar a partir del 2016 nadie lo sabe, pero está claro que 2016 y 2017 es un tiempo de inflexión. Puede pasar todo, se abre un abanico de posibilidades, de continuación o de retroceso largo…” (31/10/2015 Álvaro García Linera. Vivimos un tiempo de continuidad o retroceso. Conferencia en Uruguay)

Por último dejamos planteadas algunas preguntas a las deberíamos intentar encontrarles respuestas.

A propósito de la justificación de “lo posible”. ¿Los gobiernos progresistas de la región impulsaron los cambios que eran viables dada la correlación fuerzas existente entre la acumulación alcanzada durante la resistencia popular en los 90 y la fortaleza del neoliberalismo global, o las transformaciones producidas estuvieron por debajo de las posibilidades que teníamos?

¿Hasta qué punto las causas determinantes del estancamiento económico y político en curso pasan por las dificultades económicas externas, o los obstáculos principales anidan en las debilidades y errores políticos de las conducciones de los gobiernos progresistas?

¿Cuáles son los puntos centrales sobre los que deberíamos concentrar nuestros esfuerzos para que el actual reflujo no se convierta en un retroceso estratégico?

Una década después del definitivo rechazo al ALCA, que pareció abrir una nueva ventana de oportunidades para fortalecer un modelo de integración alternativo al neoliberalismo predominante,

¿Es viable ahora relanzar en los mismos términos el proceso de integración regional, teniendo en cuenta que la irrupción asiática en la economía global, avanzó sobre la región con una lluvia de productos industriales que se intercalan en todos los eslabones de las diversas cadenas productivas?

¿Es posible quebrar la actual tendencia negativa sin que se desate un nuevo ciclo de luchas y movilizaciones populares?

Seguramente son muchas más que habrá que agregar. Lo cierto es que es indispensable superar el letargo intelectual acrítico y defensivo que pone la mira principal en resaltar la fortaleza de los adversarios y elude el análisis del campo propio. Debemos ir buscando desglosar virtudes y defectos de los procesos políticos que desde principios de siglo, abrieron un cambio de época ampliamente favorable a los sectores populares en la región, y que hoy llegaron a un peligroso recodo que puede llevarnos a retroceder.