Especial Brasil, Lula y el PT

“QUIERO QUE EL PT SALGA DE ESE CHIQUERO EN QUE SE METIÓ”.

Entrevista a Olivio Dutra (1)

El ex gobernador de Río Grande do Sul (1999-2002), ex ministro de Ciudades durante el primer mandato del presidente  Luiz Inácio Lula da Silva  (2003-2005), uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores (PT), en 1980, junto al también sindicalista que llegó a presidente de la República, es ahora jubilado bancario y presidente honorario del PT gaúcho. “No soy candidato a nada, no quiero ser, no seré, no debo ser, ni al Legislativo ni a un puesto ejecutivo”, aseguró Olivio Dutra al ser entrevistado para Estadâo por Luiz Maklof Carvalho.

¿Cómo ve las denuncias contra el presidente Lula?

La visión que marcó la creación del PT fue esa de que la cosa pública no es propiedad del gobernante, de sus amigos, de sus familiares, de sus partidarios. Esa visión no puede cambiar así como así, en el medio de las situaciones y las circunstancias. Eso es un ideario básico. Está en las razones de la fundación del PT. Son cuestiones permanentes.

¿Y eso cambió?

Un partido que nació para ser contestatario de la política tradicional y hacer de la política la construcción del bien común, de repente no está siendo diferente en nada con tantas cosas que criticaba, contra las cuales nos colocábamos diametralmente opuestos. El Estado no es propiedad privada o personal de nadie, ni del gobernante ni de los grupos económicos ni de los medios.

¿El PT perdió ese foco?

El PT no podía perder ese objetivo en su acción política. El PT dejó de hacer la discusión que debía haber hecho. Luchamos contra la dictadura y contra las estructuras del Estado, contra los intereses de los más poderosos, de los más ricos, de los más influyentes. Queríamos que la máquina del estado funcionara con otra lógica.

¿Y no fue eso lo que ocurrió?

Yo tengo esa visión crítica. Yo considero que el PT está envuelto en un espacio de actuación que perdió su identidad y se mezcló con la política más tradicional. Quien cambió no fueron los adversarios. Nosotros somos los que cambiamos y, en mi entendimiento, para peor. Hay necesidad de rescatar esa discusión de la política como la construcción del bien común.

¿Qué piensa de las explicaciones del ex presidente Lula sobre el triplex de Guarujá o el sitio de Atibaia?

Yo no converso con Lula desde hace bastante tiempo. Tengo una enorme estima por Lula, que conocí en 1975, en las luchas serias. Tengo una preocupación con las cosas que Lula está sufriendo. Pero yo también me pregunto en relación a aquel sitio y al triplex ¿Por qué no aclaran pronto todo, públicamente?

¿Transparencia total?

Lula no tiene nada que perder con esa transparencia. Quien ejerce cargos importantes sabe que los antiguos enemigos se transforman en amigos. Algunos continúan siendo amigos porque todavía consideran que tú puedes ejercer influencias. Se aproximan, hacen gestos, buscar llevarte a una fiesta, a un cóctel, a un viaje. Nada eso es gratis, todo forma parte del trampolinaje político. Entonces, tienes que tener la pulga atrás de la oreja. Y Lula no tiene nada de ingenuo. Es una gran figura, de sensibilidad, con capacidad de prever las cosas, de ver lejos. Yo pienso que él abrió un paraguas enorme, y debajo de ese paraguas veo un amigo aquí, un amigo allá, que crean situaciones. Ahora, cabe a él explicar, con toda franqueza.

¿Cómo ve el señor el hecho de que el Instituto Lula sea financiado por empresas contratistas y que el ex presidente esté llevando una vida profesional bancado por conferencias pagadas por las mismas empresas?

Es natural en la política tradicional, viene de siglos hasta aquí. Entonces, ahí, no innovamos. El partido no innovó. Tenía que confrontar con esas conductas y muchas veces fue asimilando eso. Entonces, estamos en el mismo baile. Esa es la cuestión. Fernando Henrique  Cardoso también tiene un Instituto. Ahora, ¿por qué solo él tiene y nosotros no vamos a tener? Sarney también tiene, y así todo se justifica. Ahí ocurre lo que yo llamo pelea de bugio*. Los bugios, cuando de pelean, defecan en las manos y juegan unos contra otros. Es un proceso evidente de degradación política.

¿En la que considera que el PT entró?

No innovamos, por el pragmatismo. Se está en el poder, hay que gobernar. Y, para gobernar, usted hace un acuerdo aquí con ese, allá con aquel otro, y va siendo tragado por un proceso que estaba para ser transformado.

El Instituto Lula y el propio ex presidente quedaron por encima del partido ¿no?

El Instituto Lula no es una excrecencia, pero no es una innovación positiva. En el PT, también los mandatos legislativos y ejecutivos son estructuras mayores que las instancias partidarias. Un concejal (vereador) en San Pablo tiene una estructura propia mayor que la instancia del partido. Terminan formando estructuras propias, que se sobreponen a las estructuras democráticas del partido, crean disputas incluso en la base partidaria, para ver quién es el que va a ocupar el espacio. No estimulamos un debate provocativo por dentro de esa máquina. ¿Cómo  entrar a la máquina del Estado, que no funciona bien para la mayoría de la población, y no ser absorbido por la máquina, no ayudar desde adentro hacia afuera aquellos que de afuera hacia adentro luchan para que esa máquina funcione con otra lógica? Esa es la cuestión.

¿Y cómo se resuelve eso?

Hay que hacer una seria autocrítica, lo que no hicimos hasta ahora. La mayoría, que tiene la dirección del partido, no hizo esa autocrítica seria. El partido no puede simplemente decir que no cometió errores. Figuras importantes, en cargos importantes dentro del gobierno, cometieron errores muy serios, agrediendo incluso el patrimonio ético y moral del partido y de la política. (Paulo) Maluf, por ejemplo. Yo nunca podía imaginar que un día nosotros estuviésemos del brazo con Maluf. Y por ahí va.

¿En los cargos ejecutivos que usted ejerció – alcalde, gobernador, ministro – cómo administró eventuales ofertas de empresas contratistas, conferencias pagas por ejemplo, durante o después del mandato?

Yo nunca recibí dinero por conferencias, nunca me dispuse a eso.

¿Nunca quiso hacer el Instituto Olivio Dutra?

No. Hasta porque es otra coyuntura y otra realidad. No soy sal de la tierra y ni quiero decir que mi experiencia es la mejor. Nosotros también enfrentamos cosas contradictorias por aquí.

¿Cuál era su parámetro?

Gobernar bien para la mayoría de las veces significa separar las relaciones con sectores que quieren sacar provecho propio de una relación personal, con aquel grupo, con aquella familia, con aquella persona. Yo siempre di un paso atrás con eso. Nunca fui unanimidad en mi partido, nunca fui, ni soy ahora. Hoy yo estoy en la oposición a la dirección nacional, pero yo soy PT y quiero que mi partido salga de ese chiquero en que se metió por esa política del pragmatismo y de la gobernabilidad a cualquier costo.

¿Y cómo es que se sale?

Nosotros tenemos estructuras que precisan ser cambiadas. La estructura política partidaria que existe hoy es una excrecencia, para decir lo mínimo. Tu eliges presidente de le República, o una presidenta, como es Dilma, con un proyecto. Y el Congreso es integrado mayoritariamente por aquellos que defendieron otro proyecto. Y, mientras tanto, por ser mayoría, ellos vienen a formar parte del gobierno. Eso crea una contradicción. Todo se transforma en un toma y daca, uno es en función de lo que se recibe.  Y nosotros no sacudimos esa estructura, no hicimos una reforma política seria, ni reforma tributaria, ni reforma agraria, ni reforma urbana, que quedó todo en el Poder Judicial. Se continúan dando exenciones tributarias a grupos poderosos. Nosotros no nos metimos en esas cosas. Hicimos mucho, pero dejamos mucho por hacer. Y cometimos muchos errores también. La política no puede ser una maniobra de los más expertos, de los más atildados. Tiene que ser una construcción del bien común con el protagonismo de las personas.

*Primate original de la isla de Madeira.

Estadâo 5-03-2016

(1) (1941) Sindicalista y cofundador del Partido de los Trabajadores de Brasil, Alcalde Porto Alegre (1989-1992) y Gobernador de Rio Grande do Sul (1999-2002).

DILMA Y EL FIN DEL PACTO DEL LULISMO

Escribe Gilberto Maringoni (2)

La cuestión dramática de los días que corren es que terminó el pacto de clases, firmado en 2002,  con la Carta a los brasileños. A través de ella, un significativo sector popular, capitaneado por el PT, aceptó los términos impuestos por la burguesía – asumir el gobierno – pero no tocar ningún comando vital del Estado.

Ese arreglo institucional estalló el viernes 4M, con el traslado coercitivo del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva en la fase 24 de la Operación Lava Jato, aunque sus señales ya estaban claras hace más de un año.

Tengo gran duda en acordar con ciertas explicaciones, que dan cuenta del fin de acuerdo institucional celebrado en la Carta de 1988, que pactó la transición democrática.

Lo que naufraga ahora es el contrato de 2002, hecho posible:

1. Por el desgaste monumental del neoliberalismo (apagón, desempleo, crisis económica, etc.)

2. Por la emergencia de un nuevo bloque (histórico) organizador del sistema político brasileño post-PSDB. El vector de ese bloque era el PT, en torno al cual todas las facciones políticas y sociales tuvieron que posicionarse.

Terminada la fase de crecimiento económico registrada entre 2004 y 2010 – y el adormecimiento de la lucha de clases – el pacto pierde razón de ser.

Quien lo rompe es la burguesía. Y eso ocurre porque en tiempos de recesión, el compromiso de gana-gana – cumplido en aquel período – se volvió imposible. El choque distributivo sólo se dará con pérdidas para uno de los lados.

No se trata de voluntad política. Se trata de una cuestión objetiva. No hay cómo pactar en tiempos de una recesión aguda, no hay excedente para ser distribuido.

El lulismo – que nunca se propuso hacer alguna transformación social, pero lidiar por lo mejor posible – se torna descartable en esta nueva fase.

El drama es que a la vista no hay un nuevo vector o bloque organizador del sistema. De ahí la situación de barco a la deriva en que nos encontramos.

Querer que una personalidad ajena a la política como Dilma Rousseff tuviese la experiencia o percepción de la delicadeza del momento y aún más, organizar o delinear un enfrentamiento – puesto que el acuerdo de clases se volvió letra muerta – sería exigir demasiado a quien nunca hizo política de verdad en la vida. Y algo muy por encima de sus posibilidades y capacidades.

El lulismo como lo conocemos – capaz de sellar una alianza policlasista- cumplió su papel histórico. El Lula que tiene alguna chance de volver en 2018 será otro Lula.

O tendremos – poco probable – el Lula de la confrontación con los de arriza, o el Lula que vendrá para implantar el pacto regresivo, iniciado por Dilma, donde la cuenta es pagada por los de abajo.

No olvidemos a Alan García, que cumplió dos papeles históricos en la presidencia del Perú, el progresista (1985-1990) y el regresivo (2006-2011).

Carta Capital, 08-03-2016

(2) Periodista, caricaturista, profesor de relaciones internacionales de la Universidad Federal de ABC, Brasil.

Notas publicadas en el sitio web SinPermiso