BRASIL, ARGENTINA, ES LA POLÍTICA ESTÚPIDO…

Escribe Isaac Rudnik

Instalar un mundo distinto dentro de un universo hostil, ese fue, y sigue siendo, el gran desafío para los que no nos resignamos a que la aplanadora neoliberal nos aplaste por completo. Aunque a primera vista lo parezca, no es solo una pelea entre adentro y afuera. El universo de ellos no es totalmente externo al nuestro, también tenemos con nosotros, mordiéndonos por todos lados, los pacmans que ellos nos mandan. Están adentro de cada uno de nosotros, y asfixiándonos el ambiente con ese sentido común fundamentalista del individualismo más radicalizado. 

Hace casi dos décadas en el final del siglo pasado empezaría el recorrido –largo o corto según la perspectiva que se quiera abarcar- de las izquierdas, por los gobiernos de la zona latinoamericana. Chávez llegaba al de Venezuela en 1999 apoyado en un 56% de los votos escrutados, arrasando a la coalición de partidos tradicionales que buscaban el continuismo. Ya iniciada la presente centuria, en pocos años el mapa político de la región cambió radicalmente, y en la mayoría de los países ganaron propuestas que confrontaron con las ideas neoliberales que habían predominado en las décadas anteriores. Encarnadas en organizaciones y dirigentes de diversa extracción: algunos/as surgidos de las luchas obreras y populares durante los años de fin del siglo XX, otros/as que habían crecido en esos años participando de aquel sistema depredador, pero al inicio de este siglo se separaron para diferenciarse y oponerse. También aportamos lo nuestro, integrantes de un intenso puñado de dirigentes sobrevivientes biológicos e ideológicos de las luchas revolucionarias de los 70 y los 80.

El planeta neoliberal observó ese fenómeno focalizado; sintió los pinchazos de esos clavos aparecidos en sus calzados que lucían con partes notoriamente gastadas. Los clavos no alcanzaban para desequilibrarle la marcha, pero empezaban a lastimarlo. Como era de esperar, para resolver el problema, los beneficiarios de ese sistema no intentaron cambiar por unos zapatos nuevos que los llevaran por otro camino, sino que buscaron los martillos que les permitieran aplastar esas puntas molestas, seguir con las mismas botas y continuar firmemente por el mismo rumbo. Así estuvieron forcejeando durante todos estos años, de un lado tratando de hundir esos emergentes molestos, del otro esquivando los golpes, curándose las heridas que les producían, y buscando hacerse más fuertes.

Instalar un mundo distinto dentro de un universo hostil, ese fue, y sigue siendo, el gran  desafío para los que no nos resignamos a que la aplanadora neoliberal nos aplaste por completo. Aunque a primera vista lo parezca, no es solo una pelea entre adentro y afuera. El universo de ellos no es totalmente externo al nuestro, también tenemos con nosotros, mordiéndonos por todos lados, los pacmans que ellos nos mandan. Están adentro de cada uno de nosotros, y asfixiándonos el ambiente con ese sentido común fundamentalista del individualismo más radicalizado. Nosotros no tenemos patrullas en su campo. Allí sus ideas son extendida y profundamente predominantes, no solo no tienen demasiadas dudas  que son las más adecuadas para ellos, sino que también creen que nosotros –y todos los habitantes de la tierra- deberíamos obligarnos a asumirlas. Y si para eso es necesario tirar bombas sobre nuestras cabezas o torturar en Guantánamo, justificado está. En esta región, para sacar estos clavos debían usar otras vías, porque tantas décadas bombardeándonos y torturándonos en nuestros propios países, poniendo y sosteniendo dictaduras militares genocidas, les había mellado el método. Entonces priorizaron fortalecer sus trincheras ideológicas y los principales instrumentos de difusión dentro de nuestro propio campo. Desde allí nos lanzaron millones de pirañas de diferentes colores y características. Unas más agresivas, otras más amigables, cargadas con contenidos diferenciados y específicos, pero todas empujando homogéneamente en dirección de recomponer las zonas del sentido común neoliberal, que había sido lesionado tras las devastaciones que dejaron a su paso, y el conocimiento extendido de los tantos crímenes que cometieron. Lesiones que en el final del siglo pasado, les impidieron seguir convenciendo a los habitantes de nuestros países, que con esos instrumentos, alguna vez podrían llegar mejores épocas para las mayorías.

Las funciones que debe cumplir el estado, el lugar que les corresponde a las grandes empresas nativas y extranjeras para que desempeñen una función más o menos virtuosa, las prioridades en las relaciones exteriores de nuestros países, las causas de la existencia y persistencia de la pobreza e indigencia para millones aun en períodos que el producto nacional no deja de crecer. El significado de expresiones corrientes como, la igualdad de oportunidades, la justa distribución de los recursos, la solidaridad, la equidad. El contenido de la democracia que estamos viviendo, los deberes y derechos de la dirigencia política, y tantos otros, conceptos estuvieron –y están-  en debate y disputa todo el tiempo. Y muchas veces no advertimos la trascendencia de las batallas en ese terreno, mientras las brisas de cola permitieron que los ingresos nacionales se sostuvieron altos, y estos gobiernos pudieron mantenerse identificados con mejoras económicas que, aunque no siempre equitativamente distribuidas, llegaron para toda la sociedad.

Cuando el viento cambió de dirección y las mejoras económicas se fueron reduciendo hasta el estancamiento, quedaron al desnudo los lugares objetivos donde ahora se encuentran las trincheras ideológicas de uno y otro lado. Los defensores del sistema neoliberal tiran con viejos y nuevos argumentos desde lugares cada vez más adelantados. Recompusieron posiciones dentro del  sentido común de las propias mayorías que no hace mucho les dieron la espalda, no sólo a costa de las dificultades en el terreno económico. Explican, con razón, que también en otros frentes los resultados de los principios pregonados, y supuestamente llevados a la práctica desde gobiernos a los que las mayorías le volvieron a renovar su confianza dos y más veces, en muchos aspectos están lejos de los mínimos defendibles.

El terreno económico, aunque sea el más importante para medir las reparaciones objetivas en la vida de los postergados y excluidos por el neoliberalismo, quizás sea también de los más complicados de  evaluar sobre lo que se pudo o no se pudo realizar, para que las mejoras producidas fueran importantes, y a la vez sustentables y sostenibles en el tiempo. Cada paso a dar en dirección de favorecer a los más necesitados, se encuentra con la enorme fortaleza opositora de monopolios nativos y multinacionales que operan coordinadamente apoyados por una red de organismos comerciales y financieros de alcance global, respaldados por los estados de las potencias más poderosas. La fuerza de nuestros estados apuntalados en la comprensión –por momentos débil por causas diversas- de nuestras poblaciones, más de una vez ha sido insuficiente. Y los cambios prometidos y deseados no llegaron a subir ni el primer escalón, en un marco en que tampoco está claro si estos  gobernantes pusieron los empeños necesarios, si hubo en los dirigentes el convencimiento que se había abierto una ventana de oportunidades para los pueblos, difícilmente repetible en las próximas etapas.

Sin embargo, actualmente los costados más vulnerables de estos gobiernos pasan por la participación de varios de sus dirigentes más notorios, en las prácticas más repudiables de los políticos conservadores y neoliberales. El sistema  político no sólo no se transformó, ni hubo intentos serios en esa dirección, sino que profundizó varios de sus vicios más nocivos. En un contexto en que las izquierdas no tienen margen para rupturas radicales, sino que en la mayoría de los casos debieron construir sus caminos de acceso al gobierno en acuerdo con fuerzas con las que mantienen fuertes diferencias, algunas de ellas francamente liberales, en lugar de sostener los principios de sus mejores tradiciones, se mimetizaron con los peores prácticas del estado y las políticas conservadoras. Más allá de que tal o cual sector participa o no de los diversos negociados, lo cierto es que las izquierdas en los gobiernos no se rebelaron contra un sistema de corrupción que roba los recursos públicos desde tiempo inmemorial. Conservadores, militares, políticos surgidos del seno de los movimientos populares de la primera parte del siglo XX, otra vez los militares, políticos neoliberales durante los años noventa, se sucedieron edificando inmensas fortunas personales, promoviendo nuevos grupos económicos, siempre saqueando los bienes del estado, que son los de toda la sociedad. Una vez en los gobiernos, las izquierdas, al no haber encabezado los cambios, que en este terreno sí eran posibles –como mínimo-  de iniciar, se mimetizaron con el sistema vigente, lo que hoy le permite a las derechas avanzar con sus hipócritas perdigones, golpeando duramente el consenso alcanzado en la primera parte de los 2000.

En la Argentina hace muchos años el kirchnerismo decidió abandonar definitivamente cualquier aspiración de renovación política y luego de un corto divorcio, se reintegró al justicialismo, profundizando sus prácticas tradicionales de origen, desarrolladas ampliamente en sus inicios de provincia. Sólo Libres del Sur y algunos grupos menores nos retiramos del gobierno y de la alianza con el kirchnerismo, valorando que la integración con ese partido llevaba por un camino sin retorno. En los años siguientes no solo el justicialismo profundizó sus peores prácticas, sino que una porción de la dirigencia kirchnerista que no provenía de allí, también lo hizo. La derecha disfrazada y agiornada pudo entonces suturar heridas frente a la sociedad y ganar las presidenciales de 2015, no tanto por mostrar méritos propios –que los tiene pocos- como por denunciar las inconsecuencias y malas praxis de doce años de kirchnerismo.

En Brasil la derecha desató una ofensiva ininterrumpida desde que Dilma ganó las presidenciales  hace poco más de un año. Las dificultades económicas estaban en curso durante la propia campaña electoral y las propuestas para enfrentarlas fueron el eje de las diferencias entre el PT y la derecha de Aecio Neves. Ganó el PT, pero las medidas económicas que aplicó Dilma estuvieron mucho más cerca del derrotado programa de sus adversarios, que del propio que enarboló en campaña. Esta sustancial incoherencia, agregada a las negativas consecuencias del ajuste que se descargó sobre la población, llevó en pocos meses el consenso de la presidenta a porcentajes por debajo del 10%. Se abrió una inmejorable oportunidad para que se reavivaran los juicios por corrupción que desde una par de años atrás venían desarrollándose, alcanzando a toda la dirigencia política y rozando al propio gobierno. La posibilidad no fue desperdiciada por la derecha que empujó sin complejos el reciente golpe que destituyó a Dilma. Si individualmente unos u otros dirigentes participaron o no de tales o cuales negociados espurios (aunque para la izquierda latinoamericana y de todo el mundo es fundamental saber el comportamiento de los dirigentes del PT), en la vorágine de la ofensiva neoliberal, ante el conjunto de la población esto por ahora parece haber quedado en segundo plano. Es que el PT en los años que lleva gobernando, no ha hecho méritos como para aparecer frente a la opinión pública como el partido que vino a transformar los mecanismos duros que posibilitan los múltiples negociados que cruzan al conjunto de la dirigencia política. Y esos méritos no los tiene porque no promovió con fuerza y decisión esas transformaciones indispensables.

Una vez en el gobierno de cada uno de sus países, las izquierdas no tienen la obligación de ganar todas las elecciones posteriores para mantenerse allí. Pueden perder elecciones y no por eso convertirse en inconsecuentes con sus principios. Quizás no pueden renovar la confianza de los votantes por errores, por incapacidad para encarar nuevas complejas situaciones, o por las razones que sean. Son contingencias que posiblemente sucedan, mucho más cuando debemos movernos en este universo hostil dominado por un neoliberalismo cerril dispuesto a pelear cada centímetro de terreno.

Pero tanto en los gobiernos como en la oposición, las izquierdas no pueden dejar de rebelarse siempre y en cada momento contra todos y cada uno de los mecanismos que conducen a perpetuar la opresión y la exclusión de las mayorías. Esto no significa que más de una vez –y sobre todo en esta época de defensiva estratégica global para los pueblos- tengamos que dar pasos atrás y/o al costado. Valen, pasos atrás intentando encontrar el camino y la oportunidad más adecuados  para volver por los objetivos transformadores. No valen, para renunciar o retirarse resignados. Vale, generar acuerdos indispensables con fuerzas políticas de signo diferente para ampliar nuestro espacio de acción. No vale, copiarnos de ellas, ni permitir que los pacmans individualistas de distinto color y tamaño avancen sobre nuestro propio sentido común, convirtiendo nuestras militancias en carreras para alcanzar logros económicos y/o profesionales personales o de pequeños grupos.

La región atraviesa una etapa de confrontaciones con resultado abierto. Las administraciones de derecha que gobiernan en Argentina y Brasil, no garantizan el regreso a la restauración noventista lisa y llana en estos países. La cultura neoliberal franquea todos los poros de la sociedad, cada día se reinventa y encuentra nuevos atajos pera el engaño, pero en definitiva no puede con su naturaleza, tiene un solo objetivo principal: acumular más riquezas en menos manos a costa de la exclusión de las mayorías.

La resistencia popular está en pie y si bien algunas de las consignas antineoliberales se han desprestigiado por mala praxis entre la población, también es cierto que los ajustes económicos neoliberales no han recobrado el consenso suficiente como para que pasen sin mayores dificultades. Las izquierdas podemos transformar debilidades en fortalezas concentrándonos en dos ejes: una activa participación en las luchas sociales en curso, y el impulso de transformaciones estructurales inmediatas en los sistemas políticos que actualmente habilitan una nueva ronda de saqueo de los recursos de toda la sociedad.