¿Por qué necesitamos construir un Frente contra el neoliberalismo?

Escribe Alejandro Grimson*

2016 encabeza el ránking del peor año del siglo XXI. Por un lado, en Europa y Estados Unidos se venía percibiendo una crisis del consenso neoliberal clásico. Recordemos que después de la caída del Muro de Berlín en 1989, una gigantesca ofensiva cultural buscó y logró clausurar el debate político y económico. Los ciudadanos podían votar la opción que quisieran, pero la política económica era siempre ortodoxa, con Demócratas o Republicanos, Laboristas o Conservadores, Populares o Socialistas. Se podía optar, lo que no había era opción real, porque había triunfado un bipartidismo donde se alternaban elencos, pero no políticas económicas. Cuando la crisis comenzó a erosionar esos consensos, los “eslabones más débiles”, como Grecia, protagonizaron un giro a la izquierda que finalmente llevó a una nueva frustración. También Podemos logró avanzar en España, pero aún no lo suficiente. Otras señales de radicalización sucedieron en el Partido Laborista Británico y con Sanders en la interna Demócrata de los Estados Unidos. Hemos vivido un incremento de “la grieta” a nivel global, con un aumento de la polarización.

Sin embargo, cuando la potencia de las propuestas progresivas resulta insuficiente, se impone con fuerza un giro a la derecha, que ya se materializó en dos potencias mundiales: con el Bretix en Gran Bretaña y con Trump en Estados Unidos, donde triunfó un discurso de ultraderecha. Al mismo tiempo, aquello que Perry Anderson había llamado la “excepción global” de América del Sur es derrotada, al finalizar el proceso en Brasil y en Argentina. En distintos momentos de los años de gobiernos llamados a veces “populistas”, a veces “de izquierda”, los sectores progresistas y del campo popular tuvieron distintas posiciones en distintos países. Se pueden dar muchos ejemplos, incluyendo en algunos casos rupturas o fuerte enfriamiento incluso del partido oficialista con “su” gobierno. Esquemáticamente ha habido tres posiciones: quienes apoyaron toda la experiencia y habrán hecho o no sus críticas “desde adentro”; quienes apoyaron los procesos pero con críticas relevantes en temas como las formas de construcción política, la cuestión ética, los modos de desplegar el conflicto político; y, por último, quienes en algún momento del proceso consideraron que no implicaban cambios sustanciales respecto de otros modelos y pasaron directamente a las filas diversas de la oposición.

Eso da cuenta de que, nos guste o no, existe una heterogeneidad del campo popular y del progresismo. Esa diversidad se puede ver de muchos modos. Una es hacer un listado de grandes movilizaciones de 2016 que fueron en sí mismas heterogéneas: el 24 de marzo, el 29 de abril, San Cayetano, la Marcha Federal, NiUnaMenos. En todas ellas hubo kirchneristas, no kirchneristas y opositores al kirchnerismo. ¿Y qué hacían juntos? La clave de esas movilizaciones no fue la identidad política ni la posición respecto del gobierno anterior. La clave fue la lucha por los derechos y el rechazo a las políticas implementadas por este gobierno. En el presente.

En otras palabras, en Argentina como en otros países de Sudamérica hubo posiciones distintas ante los gobiernos anteriores. Ahora estamos como en los años noventa, donde muchos volvemos a encontrarnos. Y en esos encuentros se ven tironeos, enojos, “facturas” y fracturas. Un peso muy fuerte del pasado reciente y de las divisiones. Pero la pregunta es: ¿podrán esas divisiones tener el peso suficiente como para facilitarle el camino a Macri y a las políticas neoliberales?

Hasta ahora prevalece la división. Se acepta la “unidad de acción” en las calles, en las defensas de derechos específicos. Pero no se asume la disputa estrictamente política. Porque la política fragmentada que domina el escenario tiene un componente corporativo muy fuerte, que despolitiza el debate y la potencialidad de construcción. Politizar implica imprimirle vocación hegemónica a un futuro de país distinto, con mayor igualdad, mayor democracia, más participación, más justicia. Con los 42 millones adentro. Con memoria. Con soberanía. Con vocación latinoamericana.

En el fragmentado campo popular y progresista todos quieren más o menos hacer eso. Pero muchos quieren hacerlo sólo si pueden encabezarlo. Si no, al menos que los dejen excluir a todos los que desean tachar. Y así predomina por ahora un presente dominado por el pasado inmediato, por las diferencias y los resentimientos cruzados. Sólo algunos dirigentes y algunas organizaciones van sobreponiéndose a esa etapa y encarando desde otra visión el presente y el futuro.

Una visión que implica colocar en primer lugar las necesidades del país, de las grandes mayorías. La defensa de los más humildes, de los trabajadores y de las clases medias. Lo cual se traduce es impulsar la construcción de una representación política para todos los argentinos que son afectados por las políticas oficialistas. Y esa representación sólo podría emerger de la articulación de heterogeneidades.

Los dirigentes y organizaciones que asumen ese desafío por ahora se encuentran con un obstáculo. Necesitarían articularse con otros. Sin embargo, en esos otros por ahora predomina la lógica de la vieja política, la lógica de imponer candidaturas o cargos. No es que unos sean necesariamente más bondadosos que otros. Es que unos asumen que serán derrotados y se conforman con ser una minoría, pero con cargos. Y otros creen que es realmente posible derrotar en las urnas al gobierno. Y que incluso si fuera muy, muy difícil dar esa batalla es la obligación de esta etapa, incluso pensando en las nuevas batallas que vendrán. Es que el resultado en las urnas en 2017 tendrá una fuerte influencia en cuánto pueda avanzar en el gobierno en sus políticas neoliberales hasta 2019. No sólo se juegan cargos políticos. Se juegan grados de exclusión, de desempleo, de hambre, de estigmatización, de flexibilización laboral, de retroceso cultural.

¿Pero acaso hay que aceptar a todos en ese Frente? La discusión debe comenzar por el proyecto político del Frente o la Confluencia. Por su programa. Por la forma de construcción política. Por su necesaria fundación en un imperativo ético. Sobre esa base es necesario dialogar, debatir, confrontar. Sobre esas bases, que no son la oposición a un gobierno sino la proyección de otra política, deben procurarse los acuerdos y las coincidencias. Ese es el desafío. Si eso se lograra, lo cual es difícil pero no imposible, entonces que las candidaturas se diriman en la PASO.

Si estamos a la altura del desafío histórico de esta etapa podemos lograr ponerle un límite al neoliberalismo macrista y comenzar la construcción de una alternativa política popular y progresista. Esa alternativa deberá encarar debates programáticos y balances. Sobre todo, deberá bloquear el camino a todas las otras opciones neoliberales que se preparan para reemplazar al actual elenco para sostener las mismas políticas. Se trata, en fin, de aunar esfuerzos múltiples y diversos para poder encarar, más temprano que tarde, una transformación económica, social y cultural de nuestro país.

* Antropólogo, profesor de la Universidad de General San Martín.