América Latina va a ser toda feminista

“Así como la historia de la conquista de América la hemos tenido que conocer a través de la pluma de los conquistadores y rarísimamente por el testimonio de sus habitantes originarios, así también, toda la historia referida a las mujeres la hemos debido conocer por la pluma y por la vara de los varones.” Julieta Kirkwood

Escribe Clara Rivero*

El movimiento feminista se encuentra en pleno crecimiento, superando los límites que establecen las fronteras nacionales, se organiza en base a diversas reivindicaciones y teje redes que agrupan múltiples identidades. Nada escapa a la revolución feminista, esta marea emerge haciendo temblar cada rincón de nuestras vidas: conmoviendo nuestras fibras más íntimas, cuestiona nuestro accionar cotidiano. El feminismo pone en jaque al sistema en su totalidad: transforma nuestro lenguaje, nos propone nuevos modos de pensarnos y amarnos, nos permite crear formas novedosas de habitar el mundo y transitar nuestra existencia.  

América Latina no constituye una excepción a este momento histórico. El feminismo latinoamericano avanza a pasos firmes: vemos nacer espacios feministas diversos que entraman innumerables luchas y resistencias.

En nuestro continente, las ideas y la política se encuentran indefectiblemente ligadas: la historia del pensamiento feminista latinoamericano se entrama con el quehacer político de sus autoras. Mujeres que transitaron de la Revolución mexicana a los nacionalismos, de las dictaduras a las formas de gobierno validadas por elecciones, de las democracias pasivas a la crítica a las jerarquías de la política tradicional.

El feminismo, en sus diferentes expresiones, produce teorías críticas en torno a las relaciones de poder entre los géneros. Estas operan, simultáneamente, en el plano ético (de la denuncia) y en el ámbito práctico (de la transformación social). En base a esto, las corrientes feministas latinoamericanas elaboran reinterpretaciones que permiten analizar la constitución del poder a partir de una perspectiva de subalternidad. Como propuesta epistémica, las feministas de la región produjeron nuevas categorías de análisis que habilitaron al pensamiento situado en la propia realidad: enraizado en las singularidades que presenta la tierra que habitamos. Surgen así las corrientes que estudian al feminismo en torno a las matrices decolonial y poscolonial; observándose un renovado énfasis en los estudios que involucran las fronteras intersectoriales, transversales y multidisciplinares entre el género, la raza, la sexualidad, la clase y la generación.

El movimiento feminista se distingue por reflexionar en base a condiciones específicas de subordinación. El sujeto constitutivo de este colectivo no puede pensarse como una esencia monolítica que pueda definirse de una vez y para siempre. Se trata más bien de un sitio de experiencias diversas y complejas (potencialmente contradictorias) que se definen en base a variables superpuestas: clase, raza, edad, estilo de vida, preferencia sexual, etc. Asumiendo la imposibilidad de pensarlo como un grupo homogéneo (estable en el tiempo y en el espacio), se reconocen situaciones específicas e historias plurales, se articulan múltiples luchas y resistencias.

El feminismo, como movimiento social y como pensamiento crítico, se constituyó en un gran aporte al complejo proceso que implica deconstruir y enfrentar a saberes y poderes hegemónicos. Desde sus inicios, fue un espacio de resistencia a los estándares dominantes.

En la década de 1970 se propone otro proyecto para las mujeres, se trasciende el reclamo de emancipación mediante la ley para incluir la reivindicación de liberación sexual, corporal, teórica y política. Las diferencias entre las expresiones feministas anteriores a 1970 y las que empiezan a expresarse en esta década, pasan por el descubrimiento que realizan las mujeres de su mismidad: los valores de la humanidad ya no se encuentran en el hombre sino en sí mismas, quedando al descubierto la construcción patriarcal de la superioridad de este sobre la mujer y la naturaleza. En este período, el cuerpo se torna en un asunto nodal: “lo personal, es político”.

En los ochenta, la centralidad la adquiere la necesidad de resaltar la autonomía feminista. El lema principal (que nace en Chile y se extiende continentalmente) es: “democracia en el país, en la casa y en la cama”. Esta etapa se distingue por el vínculo que se establece entre lo que sucede en el continente y la configuración de los feminismos a nivel internacional; evidenciándose la necesidad de avanzar en la constitución de un movimiento social regional. Con la intención de fortalecer este proceso, se comienzan a desarrollar los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe (el primero se desarrolla en julio de 1981 en Bogotá, Colombia).

Durante estas décadas, la cuestión pasa por hacer frente al autoritarismo, resistiendo a las prácticas violentas y la falta de ciudadanía que surgen al interior de los regímenes militares. Parte importante de este movimiento lo componen organizaciones de izquierda que luchan contra el capitalismo y a favor de la democracia. Sin embargo, existían sectores que realizaban una crítica significativa a las posturas androcéntricas de la izquierda, cuestionando la invisibilidad en torno a la necesidad de realizar transformaciones de género para aportar a la lucha política general. Cabe resaltar que, en este contexto político, el feminismo se constituía a partir de un rechazo absoluto hacia el Estado.

En la transición de los ochenta a los noventa se produce el pasaje de feminismo de acción social al feminismo de políticas públicas. En esta década vemos asomar el conflicto que surge entre las feministas latinoamericanas a partir de la convivencia entre dos tendencias: una que decide “institucionalizarse” y otra que, en cambio, reivindica la idea de la autonomía.  

Con el correr de los años el debate y las modalidades de acción se ampliaron considerablemente. Los planteos realizados por feministas negras, populares, lésbicas, trabajadoras sexuales, indígenas y jóvenes, ilustran la diversidad del feminismo en América Latina. Estas feministas, buscando quebrar la idea de un movimiento homogéneo, señalan su propia falta de identificación con aquellas que representan públicamente al feminismo latinoamericano.  

Los movimientos feministas han participado activamente en la configuración de las sociedades latinoamericanas recientes: logrando instalar diversos temas en las agendas políticas, impulsando leyes y políticas públicas, apostando por la transformación del Estado y los sistemas legales. El feminismo, con críticas dirigidas al modelo de democracia liberal y al sistema capitalista, dialoga con espacios diversos y acompaña diferentes movilizaciones sociales en el continente. Aportando miradas originales hacia las innumerables desigualdades que se observan en la región, el feminismo se constituye en una valiosa herramienta para el desarrollo de concepciones sobre un nuevo tipo de sociedades, más democráticas e inclusivas.

El feminismo arremete contra todos los sistemas de organización construidos en base a jerarquías, luchando contra múltiples opresiones, propone un mundo donde todas las existencias y los cuerpos cuenten. Las feministas nos hemos fortalecido: reconociendo nuestra propia potencia nos encontramos y nos hermanamos, tomamos el coraje necesario para liberarnos y transformar nuestras condiciones de existencia, materiales y simbólicas.

Nos declaramos en rebeldía hasta que se desmorone cada engranaje del sistema cisheteropatriarcal. Ya no nos callamos más, nuestra voz se hace oír en cada rincón de América Latina: vivas y libres nos queremos.

*Clara Rivero, Licenciada en Cs Politica, UBA.